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DESAMPARADOS
8: CEMENTERIO MUNICIPAL DE LOGROÑO
por Jesús Ramos
Retomamos el curso escolar y volvemos a las colecciones
por fascículos de los temas más inverosímiles.
Entre ellas la que se inició en EL hALL para
llamar la atención, gota a gota, de los elementos
arquitectónicos de interés que se encuentran
totalmente desprotegidos de la vorágine del tiempo.
Al terminar el curso pasado tuve que visitar, en esta
ocasión a mi pesar, una de las zonas de la ciudad
por donde más a gusto he paseado en otras ocasiones,
el Cementerio Municipal.
Sin ser tan famoso como los de Estocolmo o Módena,
Buenos Aires o París, al menos el nóbel
Cela lo cita en "Mazurca para dos muertos"
donde dice que "... en el cementerio municipal
de Nuestra Señora del Carmen, es como llaman
al camposanto en Logroño, casi nadie lo sabe,
...". Yo desde luego no he visto ninguna referencia
a ese nombre.
Desde hace mucho tiempo me ha venido pareciendo uno
de los parques más hermosos de nuestra ciudad,
y por supuesto más tranquilo, en el que sus habitantes
nos van saludando a nuestro paso, en silencio, y contándonos
pequeños retazos de sus extintas vidas.
En sucesivas visitas he ido descubriendo rincones, elementos,
espacios, que fueron cambiando mi visión sobre
el lugar, hasta entenderlo como una parte de la ciudad,
incluso como una ciudad autónoma, o si queremos
como la ciudad al otro lado del río, al otro
lado del espejo.
Cuando hace algún tiempo Luis Carandell vino
al colegio a hablarnos no recuerdo muy bien si sobre
ritos en general o ritos funerarios en particular, no
pude por menos que contarle la costumbre que existía
de acompañar al cortejo hasta el Puente de Piedra,
punto a partir del cual el féretro continuaba
en compañía sólo de los más
allegados, potenciando el papel del río como
frontera entre la vida y la muerte.
La ubicación del cementerio no parece sin embargo
fruto de una planificación metafísica,
sino de la mera oportunidad. Cuando en el s.XIX las
disposiciones sanitarias obligaron a sacar los cementerios
de las ciudades, el Ayuntamiento acordó con el
cabildo de Santa María de Palacio utilizar el
cementerio que éste había construido a
comienzos de ese siglo al otro lado del Ebro, pagando
para ello un censo de 500 pesetas anuales que se extinguió
más allá de 1.970.
Este núcleo inicial, lo que sería el casco
antiguo, es perfectamente distinguible en el conjunto
actual. Se ubica en la zona suroeste, junto a la carretera
de Mendavia, y se articula sobre un esquema de cruz
latina, o de calle principal y transversal, observándose
la traza de la capilla que lo presidió, si bien
es verdad que pudiera ser a su vez fruto de dos fases:
la avenida al sur primero y una ampliación en
forma de cruz griega al norte.
En ese barrio están dos de los panteones más
llamativos del cementerio (2), pero a mí, en
mis primeras aproximaciones, hace más de 30 años,
también me llamaron la atención unas placas
situadas en el cerramiento de acceso, que contenían
diversos versos para ayudar a la reflexión sobre
la vida y la muerte, de las que ahora sólo he
visto que queden 2 tras la vegetación, el resto
me temo que han sido enfoscadas en alguna reforma.
A finales del s.XIX el ayuntamiento decide ampliar el
núcleo inicial, hacia el Este, creando un ensanche
por medio de calles en retícula, siguiendo las
direcciones del "casco antiguo", con lo que
ambos "barrios" quedan integrados.
En este ensanche se distingue un "barrio de ricos"
-no parece que queramos que la muerte nos iguale-, donde
construyen sus ostentosos panteones las familias más
poderosas de la ciudad, al oeste de la capilla que presidirá
el conjunto. También en esa zona está
un curioso panteón a base de semicilindros de
ladrillo que evidencian el descenso de la escalera hacia
el subsuelo, posiblemente proyectado por Fermín
Álamo o por Agapito del Valle, aunque me parece
estilísticamente más próximo a
éste.
Luis Barrón proyecta entre 1884 y 1886 al menos
la portada de acceso del "ensanche", que coincide
con el vial central del mismo, y la citada capilla,
que cierra ese vial al norte, pues el acceso se mantiene
enfrentado a la ciudad de los vivos.
En 1887 también le encargan a Luis Barrón
reordenar el cementerio antiguo, pero éste confiesa
la inviabilidad de la tarea. Es curioso como el mismo
arquitecto en 1893 se atreve a reordenar sin mayor rubor
la ciudad de los vivos.
En 1912 Fermín Álamo proyecta diversos
"edificios dotacionales" para la ampliación
que quizás también él, proyecta
al Norte.
Por no aburrir al lector incluyo fotos de los planos
más significativos de algunos de ellos, donde
se puede apreciar un tipo de arquitectura que cayendo
en tópicos funerarios y contaminada de elementos
historicistas, se ve enriquecida por una búsqueda
de elementos arquitectónicos diferenciadores.
Creo que ninguno de los edificios fue construido, quizás
por el demoledor informe que en 1913 redacta el compañero
Julián Sáenz Iturralde.
Finalmente
sí se realiza el "segundo ensanche",
con lo que se alcanza el ámbito que ahora conocemos,
-salvo en una reciente ampliación al Este-, siguiendo
la trama de la primera ampliación y por tanto
integrándose en el conjunto.
En esa ampliación los accesos se plantean hacia
la carretera de Navarra, y hablo en plural pues se realizan
dos, uno para el Cementerio Católico y otro para
el Cementerio Civil, "gueto" que ya existía
en etapas anteriores y que ahora se traslada. Por las
características formales de las portadas de esos
accesos, hasta cierto punto semejantes a los edificios
antes citados, me atrevería a decir que fueron
proyectadas por Fermín Álamo, pero no
he encontrado documentación al respecto.
Entre los continuos descubrimientos que voy realizando
en esta ciudad de los muertos, en la que también
habitan un cierto número de religiosos constituyendo
su residencia el "lugar de vivos", fue especialmente
sorprendente el ver por el espejo retrovisor del coche
al abandonar el lugar, un escudo reaprovechado como
sillar en una de sus tapias. Premio de caña al
lector que lo localice y de caña con tapa al
que encuentre otra pieza similar.
También puede el paseante comprobar como el cementerio
no sólo sirve para las personas, sino también
para ciertos monumentos, como el dedicado a Los Caídos
que presidía la Av. General Franco, ahora afortunadamente
Av. La Paz.
Puede resultar chocante haber traído el cementerio
a esta columna, pero lo he considerado necesario para
llamar a la reflexión, tanto por lo inexcusable
del mantenimiento de sus valores urbanísticos,
arquitectónicos, -muchos de sus elementos están
pidiendo una rehabilitación a gritos-, o simplemente
escultóricos o etnográficos, como ante
futuras ampliaciones, que debieran hacerse con la necesaria
visión global del conjunto y con la suficiente
previsión, y no con la corta perspectiva que
da resolver problemas coyunturales, por muy urgentes
que sea su resolución. Sirva también esta
columna para animar a algún paciente estudioso
a realizar un análisis e inventario de todos
los elementos que contiene esa "otra ciudad".
Notas:
1. Una vez más tengo que agradecer a los funcionarios
del Archivo Municipal no sólo su eficacia en
la búsqueda de la documentación, sino
su enorme afabilidad en el trato, su disponibilidad
y sugerencias. En esta ocasión Isabel Murillo
me facilitó sobremanera la consulta de la prolija
documentación, que por supuesto no puede ser
sino superficial por mi parte, y a ella debo prácticamente
todos los datos que cito, y Julio Arnáiz me relató
de memoria la cita de Cela, que no he podido dejar de
incluir pues no cualquiera es citado en una obra de
literatura de fama universal.
2. Ver ARTE FUNERARIO NOVECENTISTA EN EL CEMENTERIO
DE LOGROÑO. Cuadernos de Investigación
e Historia, Tomo X, fascículo II, 1984, artículo
de Carlos Royero Hermosilla.
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