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JORNADAS
DE INTERVENCIÓN EN EL PATRIMONIO
Juan Diez del Corral
Contaba
Gaston Rebuffat, el célebre escalador, guía
y divulgador francés de la alta montaña,
que cuando los profesionales del alpinismo se reunían
en algún congreso o jornadas, rara vez hacían
mención de sus hazañas montañeras
o logros profesionales, dedicando toda su atención
a contarse las últimas novedades en grampones,
mosquetones o piolets; o sea, a cosas del oficio.
Como
Rebuffat murió hace bastantes años, debía
de referirse a los tiempos en que el alpinismo no era
deudor de los mass media, porque de unos años
a esta parte las jornadas de alpinismo, -como las de
arquitectura- no pueden concebirse sin fotos en la cumbre.
Así es que el comentario de Rebuffat no es que
me haga soñar con el alpinismo, sino con otros
tiempos. Y por tanto me pregunto: ¿hubo alguna
época en que los arquitectos se juntasen para
hablar de sus dudas y de sus medios de trabajo en vez
de dedicarse a enseñar las fotos con que les
han consagrado las revistas?
Digo
esto porque en las cada vez más prestigiosas
Jornadas de Intervención Patrimonio organizadas
por el COAR, a la hora de contar sus proyectos los arquitectos
eligen siempre (o casi siempre) el enfoque de los mass
media, es decir, el de la exhibición de los resultados
formales mediante las fotos más estetizantes
o más parecidas en lo posible al modelo con que
les publicitan en las revistas. Y si hubiera que dar
un premio al uso de ese modelo, se lo llevaría
sin duda alguna Emilio Tuñón, por contarnos
su intervención en la fábrica El Aguila
de Madrid mediante fotos en blanco y negro, algunas
con flou y filtros, y hasta con siluetas femeninas,
muy del gusto de los anuncios de coches en televisión.
La
desviación de lo que pudieran ser unas jornadas
entre profesionales y la desfachatez del desplazamiento
de la narración hacia los discursos de los mass
media, llegó al punto de que uno de los arquitectos
que habían intervenido en la Alcazaba de Badajoz
se puso a contarnos como el sumum de la síntesis
lo que momentos antes les había dicho a los medios
de comunicación en esas ruedas de prensa paralelas
que montan los periodistas para dar noticia de las Jornadas
sin tener que asistir a ellas.
Más
disculpable es la torpeza narrativa de los arquitectos,
a quienes no se les puede exigir que sean unos showman.
Tanto la lentitud expositiva de Martínez Lapeña,
los balbuceos constantes del arquitecto restaurador
del Monasterio de el Paular, el diálogo consigo
mismo de los arquitectos de Badajoz; como la diarrea
erudita y enloquecida de Linazasoro o el tono monótono
y funcionarial del restaurador del Cuarto Real de Granada
capaz de hacer dormir al más despierto, son como
pruebas que el arquitecto oyente ha de ir superando
poco a poco por su amor a la arquitectura. Un poco más
indignantes fueron la chulería de Manuel de las
Casas, que se empeñó en hablar sin micrófono
para fastidiar a los de atrás, o los que se pasaron
del tiempo estipulado, mostrando esa actitud tan habitual
en algunos arquitectos para quienes la normativa, o
el respeto a la historia y al personal, no va con ellos.
Pero
con todo, lo peor de lo peor fueron las tres lecciones
magistrales y el resumen de conclusiones previo al "gran
debate final" en el que los arquitectos Bohigas,
Fernández Alba, Chapapría y Casa Pinazo,
a causa del miedo que les debe dar hablar, ¡se
dedicaron a leer!. La desvergüenza de dar una lección
magistral leída sólo puede ser perdonable
cuando el auditorio no sabe leer, lo cual no era el
caso. Así que en más de una ocasión
tuve tentaciones de levantarme como un niño travieso
(o un participante estafado) a quitarles el papelito
para ver si sabían decir algo sin leer.
No
es de extrañar que, en ese panorama, la aséptica
exposición de Francesc Xavier Asarta sobre los
despropósitos arquitectónicos en la fábrica
Casa Ramona fuera lo mejor de las Jornadas (en el plano
narrativo, claro está), pues lo mismo irradiaba
la belleza de una clase de cálculo infinitesimal,
que la perfección de un relato de la guerra de
las galaxias.
Otro
aspecto muy de reseñar en el plano del show es
la comedida actitud del público que aplaude siempre
por igual a los tostones como a los amenos, a los de
buenos proyectos como a los de los malos. Sólo
una vez se le olvidó aplaudir y fue cuando el
señor alcalde declaró inauguradas las
Jornadas, y la verdad es que el silencio sonó
estruendoso.
Los
croquis, los planos, los problemas de las obras, el
debate entre las razones del cliente y las del arquitecto,
las dialécticas del tiempo y de la sociedad,
es decir, todos esos soportes y narraciones de la tan
cacareada "reflexión" de la que no
se paraba de hablar hasta la nausea en todos los discursos,
brillaron por su ausencia. Por no hablar de la vida
futura del edificio, de su habitabilidad, de su capacidad
para admitir gentes, vida, decoraciones, y acontecimientos.
Las
Jornadas volvieron a poner de relieve, una vez más,
que la arquitectura oficial ha degenerado en unas fotos
bonitas que se toman en los escasos momentos que median
entre la finalización de las obras y el momento
en que se entregan, y que responden a la estética
del periodismo. Unas fotografías, que en el peor
de los casos y por mucho que se esfuerce el fotógrafo
en hacerlas y el arquitecto en inventar para ellas un
discurso, no logran disimular la terrible agresión
o la falta de sensibilidad y de sentido común
que los arquitectos que buscan efectos plásticos
llegan a cometer. Y es que visto sin discursos y sin
gafas estéticas, la casita del te miesiana en
el Castello de Montemor era como una bala disparada
sobre un indefenso y derrotado castillo medieval; las
toneladas de chapa corten caídas sobre el convento
de San Francisco al otro lado del Duero en Zamora, como
la costra de sangre de una mala herida; y la rehabilitación
del Hospital de la Marina en Cartagena, el resultado
de una agotadora campaña militar en tiempos de
paz.
(Que
me disculpen aquellos que no menciono porque por deberes
musicales o profesionales no pude acudir a todas las
conferencias).
No
quiere decir todo ello que las Jornadas fueran un desastre
ni nada parecido, no señor. Todo lo contrario
-y en ese sentido el chiste de arrakis lo deja perfectamente
claro. Pues la convivencia entre gentes que ven la arquitectura
de distinta manera a como yo la veo, el mero propósito
colectivo de narrar, hablar y comentar sobre arquitectura,
o el hecho de que den pie a un escrito como éste,
son como el intento de tratar de armonizar la arquitectura
del pasado con la no arquitectura del presente, es decir,
el juego pacífico y muy de agradecer, que la
ciudad todavía nos permite, de pretender que
lo diverso pueda llegar a ser, si no coherente, al menos
coexistente.
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