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NAVIDAD
POBRE
por Domingo García-Pozuelo
Así
se pronunciaba un conocido del que suscribe, en uno
de los pequeños comercios de esta ciudad en estas
última navidad. No fue el único; otros
lamentaron este diciembre magro, al que calificaban
como el peor desde que habían iniciado su actividad
comercial, hace ya unos años. Esta situación
era previsible y en modo alguno sorprendente, salvo
para los que creen en los milagros.
Hace un par de meses
en una entrevista (obligada por el cargo) ante la pregunta
sobre lo que podría suponer la implantación
de dos nuevos hipermercados o centros comerciales, como
ahora se les llama, respondí con incredulidad
sobre su beneficio para la ciudad. Y alegué que
eso que se llama la cesta de la compra, en la que incluía
yo, el conjunto de gastos que una familia hace mensualmente
en diversos conceptos: comida, ropa, libros, música,
electrodomésticos, etc., no podía dar
tanto de sí, y que en todo caso, sería
repartida entre tantos centros, que nada bueno podía
esperarse de esta situación en puertas de ser
creada.
Las multinacionales
o grandes grupos que gestionan el capital de estas actividades
comerciales, es evidente que no son tontos. Les pagan
para hacer negocio, y si en ello se llevan por delante
a otros, tanto mejor. En esta sociedad mercantilizada
hasta extremos insospechados, no caben sensiblerías
sobre las consecuencias que para otro sector del mismo
ramo, suponga la apertura de un competidor tan fuerte.
Al contrario, tal vez pretendan cargarse a unos cuantos
para mejorar sus cuentas de resultados.
Esta modalidad de vender
y comprar, nada tiene que ver con la forma de sociedad
que hemos conocido durante tantos siglos en Europa.
Esta forma de entender la vida es ajena a ciudades que
se han generado durante siglos, asentándose en
un desarrollo histórico, y donde el callejear
tiene un valor que añade disfrute y comodidad
al gasto. Fomenta las relaciones sociales y atribuye
al ciudadano una distracción más acorde
con su carácter, ya que lo identifica con lugares
comunes, con ámbitos que son parte de su pasado,
es decir, con su ciudad, con el lugar donde se desarrolla
su vida. En suma, es una forma de comerciar que corresponde
a países donde existen ciudades reales, sin cartón
piedra que disfrace escenarios ficticios, ni que sugieran
engaños.
Aquí seguimos
por lo que parece, en esa aldeana imitación de
otros ámbitos, y en aras de no dejar que se marche
a una provincia limítrofe nuestro pecunio, se
implanta de manera bárbara otro macro centro
y por si era poco, en una ubicación errónea,
que colmata una vía recién reformada y
que deja al centro y al ensanche desierto, empobrecido
no sólo de recursos, sino de vida, de futuro.
(Sólo nos queda que trasladen Hacienda y los
juzgados).
Confiemos en que la
moda pase de este punto tan álgido, pero el daño
a la ciudad ya está creado y el cáncer
infiltrado. Confiemos en un milagro, por ejemplo que
el Corte Inglés haga en el Espolón (o
en Maristas) un gran almacén que regenere el
tejido, revalorice el centro y recuperemos el ir a pié
de compras, por la ciudad, por sus calles, por sus barrios.
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